¿La autoridad del profesor se consigue por ley o por calidad?


Salvador Peiró en el diario Las Provincias, realiza un análisis profundo sobre el debate actual sobre como potenciar la autoridad del profesor en las aulas.


Según Salvador, autoridad supone un autorizante y un autorizado. Primariamente, quien delega la autoridad es cada familia. Pero, en la dinámica de la relación directa entre alumnos y profesor, el alumno ha de autorizar al que recibe la venia docente por ley (consideración de autoridad pública). Pero, si el autorizado (profesor) sólo la asume desde esta perspectiva formal, se quedaría corto y apenas serviría de nada, puesto que pudiera ser que sólo «no actuarían en su contra» por temor, esto no educaría. El enseñante recibe la autoridad «en función de» (Bochenski, 1979). En este sentido, la autorización verdadera la dan los padres 'in jure', pero eficazmente la hacen real los alumnos, que aprecian la autoría de los saberes que tienden a aprender (en la medida que el docente sabe bien y lo explica efectivamente) y a la vez tales estudiantes, debido a la actuación e influencia del docente, manifiestan, cada vez más, mejor grado de autocontrol y autonomía. En este contexto, si la relación educador-educando no es eficaz, no sólo suspenden, sino que provocan aburrimiento. Y, si el asunto sucede entre los de la ESO, se generan conflictos.


Indica que una explicación de esto nos la ofrece Jacqueline Eccles, de EE UU (2008), que puso de manifiesto que la Educación Secundaria conllevaba una serie de cambios con respecto al tramo anterior que no solían ir en consonancia con las nuevas necesidades del adolescente; muy al contrario, escuela y alumnado parecían seguir caminos divergentes que culminaban con un claro desencuentro. Esto se explica porque la entrada en la adolescencia conlleva unas mayores capacidades cognitivas que requerirían actividades más estimulantes y retadoras. Pero, cuando un IES sólo ofrece actividades rutinarias (según algunos estudios, copiar del encerado parece la tarea a la que el alumnado dedica más tiempo), que suponen un escaso alimento para su pensamiento formal, entonces el aburrimiento se transforma en aborrecimiento de la situación. La proyección hacia los demás no se deja de esperar y surge la crisis.


Recuerda que los estudiantes del IES manifiestan necesidad de autoafirmación personal; tienen problemas de autocontrol emocional que da mayor irritabilidad; suelen proyectar fuertes descargas de rabia, que engrandecen la disconvivencialidad escolar; también sienten falta de motivación o interés hacia lo mero abstracto, que son las lecciones memorísticas, etc. Todos estos aspectos se multiplican por cada uno de los chicos y chicas que convergen en el aula. Por esto, durante estos años, las relaciones entre alumnado y profesorado se tornan más tensas y distantes, llegándose en algunos casos a auténticos enfrentamientos. Esto se concreta con lo mencionado por el informe Talis (2009), el cual nos asegura que somos uno de los países con mayores interrupciones durante las clases, así como absentismo e impuntualidad de los alumnos. Aseguran allí que el clima de enseñanza-aprendizaje está muy enrarecido: el 27% de los maestros españoles han sufrido intimidación verbal. El 40% de los profesores se quejan de que sus alumnos son conflictivos. El uso o posesión de drogas y alcohol en las aulas españolas es del 20%, mientras que la media europea es un 11%. Los profesores españoles dedican el 16% del tiempo lectivo a imponer orden en clase.


Por consiguiente, según Peiró, escudarse en «no me toques que soy 'autoridad'» es un peligro de intentar generar un poder hueco, incluso anoréxicamente ético. Sería una especie de autoritarismo. El docente neoautoritario no necesita manifestarse bajo actos de violencia física, sucede también mediante procedimientos de coacción encubierta, menosprecio, violencia psíquica, discriminación, insulto cínico, manipulación, adoctrinamiento, etc., llegando así a caer en una violencia moral.
Sepamos, pues, que mediante decreto y normas de centro sólo se establecen las bases para comenzar a desempeñar la docencia. La dignidad docente exige un estatuto de tal función y este debe insistir en una dimensión deontológica: moral profesional. A la vez esto conlleva una PEC con valores humanos incorporados y desarrollados, así las normas dejarían de ser meras camisas de fuerza para ser instrumentos al servicio de la plena realización de cada alumno.
La violencia escolar surge cuando se afronta el conflicto de una manera equivocada, dando lugar a la ruptura y a una espiral conflictiva que anula las posibilidades educativas y deteriora el clima de convivencia.