Mascarillas transparentes


            La declaración del estado de alarma por la pandemia de la COVID19 nos ha dejado experiencias para el análisis. En educación hemos comprobado por la cruda vía de los hechos que no es lo mismo tener que desear, no es lo mismo ver la cara de nuestros alumnos y alumnas que no verla, no es lo mismo que nos vean a que no nos vean; no es lo mismo vivir en un hogar con recursos culturales y materiales que en uno sin ellos, no es lo mismo el mundo rural que el urbano, y finalmente no es lo mismo usar las tecnologías para el aprendizaje desde el aula que desde casa, pues el entorno cambia tanto que la metodología no puede ser la misma.

            El otro día se escribía en este blog un artículo que afirmaba que la web 4.0 tendrá la virtud de formarnos a distancia y con tal cantidad de medios que incluso las universidades no necesitarán emitir títulos. No negaré las posibilidades de esa tecnología que se nos viene encima, pero no puede ser lo mismo un modo de interacción con el objeto de aprendizaje, con la vida, que otro.

            En educación infantil, etapa en la que se asientan los cimientos de la persona así como su estilo y su capacidad de aprender, no es lo mismo descubrir y superar la fase de conservación mediante la manipulación de unas judías blancas traspasadas físicamente de bote grande a bote pequeño que hacerlo virtualmente. Quizá la conexión neuronal que asienta la conservación se cree igualmente, pero la emoción generada no será la misma, las metáforas generadas en el pensamiento y el metalenguaje creado no puede ser el mismo. Los aprendizajes, su recuerdo y la experiencia, cambian para siempre. Por supuesto también para las personas en edad universitaria, o en formación profesional, puesto que las prácticas de cambio de aceite de un vehículo o una disección de un sapo, o de un cadáver humano para una persona estudiante de medicina, por muy perfecto que sea un simulador virtual, no es como la realidad.

            Del mismo modo y volviendo a la edad infantil, ¿qué puede suponer para un bebé no ver la sonrisa de sus interlocutores? ¿la expresión de su rostro? ¿y para los adultos?

         

   ¿Y el miedo a la enfermedad contagiada? ¿el miedo a los demás como fuente de enfermedad?

            Lo que quiero decir con esta introducción es que hay consecuencias que todavía no vemos pero que están allí y pienso que merece la pena valorarlo. Algunas de esas consecuencias pueden ser positivas, como un impulso a la inversión tecnológica necesaria en educación, o una mayor cercanía de las familias con el profesorado. Sin embargo hay una cuestión que me preocupa, esas familias se han convertido en docentes y las casas en aulas, pero las familias no tienen formación ni tiempo,  las casas no tienen patio de recreo ni amigos con los que compartir juego, y tampoco cuentan con los instrumentos necesarios. El otro día, una madre, enfadada, decía que se negaba a grabar los ejercicios que la maestra de Educación Física había mandado a su hija. La madre, personal sanitario, saturada, abrumada, no podía más. La maestra, con la mejor intención planteaba retos a su alumnado; pero éste no está en clase y no tiene las mismas circunstancias. La igualación mínima que se logra en el aula al estar todas y todos presentes ante la maestra, desaparece, mostrándose con más crudeza las diferencias de cada entorno familiar. La variable social debe ser tenida en cuenta en la enseñanza confinada tanto o más que en la presencial ordinaria. Históricamente, los movimientos de renovación pedagógica desde la ILE hasta nuestros días se caracterizan por ser socialmente sensibles. Ahora mismo necesitamos renovar nuestra pedagogía online, no ya con medios técnicos, sino con sensibilidad social y emocional. Como dice Ramón Antonio Aragón Mladosich, “metodología antes que tecnología”.

            Pienso que en situación de confinamiento nuestro alumnado ha aumentado y ya no son solo los jóvenes o los niños y niñas, si no también, las familias; especialmente en infantil, primaria y primeros cursos de secundaria. Necesitamos dirigirnos a las familias antes que al alumnado y darles unas nociones básicas de cómo actuar; crear una escuela de madres y padres para la distancia y en la distancia y después podremos pedirles ayuda con las tareas escolares, esas que, también ahora, se ha comprobado definitivamente que son un obstáculo para la equidad y para la escuela compensadora.

            Soy consciente que dejo abiertos varios temas, pero podremos tratarlos en otras entradas.  


                 Ahora, y de cara a la vuelta en septiembre, si volvemos con cierta normalidad, cosa que deseo y creo que es lo mejor, necesitaríamos mascarillas transparentes para ver las emociones de nuestros alumnos y nuestras alumnas, pero también para que vean las nuestras, y para ver las de los compañeros y compañeras y las de las madres y los padres. Si, reivindico la mascarilla transparente, porque es necesaria, pero también como símbolo de la importancia de adoptar en educación las medidas sanitarias pertinentes desde el compromiso social y emocional.

  Referencia : Luis Cavero Abadías. Asesor Formación Profesorado

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