sábado, octubre 08, 2011

¿Cómo gestionar el aula?

"No es mejor profesor el que sabe más, sino el que enseña mejor"


De esta forma en siglo22.net  se inicia un artículo sobre la gestión en el aula dentro de un programa sobre competencias docentes.

 Según el artículo la gestión del aula es un proceso complejo que requiere aclarar y comunicar propósitos, generar motivaciones, transmitir conocimientos, provocar la decisión de aprender en los alumnos y liderar para valorar el rigor, el esfuerzo y la colaboración, aceptando el conflicto como algo natural, que ayudará a aclarar voluntades y ritmos.
Es crear un ambiente de respeto dónde todos tengan cabida. Crear un entorno donde el profesor dirija, solo o con los alumnos, unos hilos que pueden ser más o menos invisibles o largos pero donde el diálogo ha de ser la nota dominante, fomentando la participación e implicación de los alumnos, para que todos aprendan.
Gestionar el aula tiene como objetivo favorecer el deseo de saber de los alumnos, para hacer más efectivo el aprendizaje. Cualquier docente estará de acuerdo con esta afirmación; sin embargo, con frecuencia tendemos a pensar que, si únicamente los alumnos nos hiciesen más caso, si fuesen más disciplinados y estudiasen más, todo sería mejor.
La tipología de alumno que distorsiona nuestras aulas responde a múltiples modelos; por un lado están los que cuestionan nuestros métodos de actuación, con razón o sin ella, con o sin el apoyo de sus padres; también los que se levantan, los que se mueven, los que interrumpen, los que se sobresaltan en la silla, los que nos tocan, los que no quieren participar, los que quieren participar demasiado, los que no nos escuchan, los que se aburren porque no entienden, los que no hablan nuestro idioma, los que se aburren porque hace un mes que entendieron y finalmente, también los que ni siquiera quieren estar.
La obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciséis años ha determinado que alumnado que en “nuestra época” hubiese entrado directamente en la vida activa a los catorce, si no antes, ahora se siente frente a nosotros. Esto convirte la gestión de aula en una competencia mucho más compleja que antaño. Nosotros no sabemos cómo enseñarles y ellos, frecuentemente, tampoco quieren que lo hagamos, porque le ven poco sentido a la escuela, o se sienten desplazados en ella, incapaces de cumplir con los requisitos que ésta impone.
Pero, además, dirigir un aula es complejo porque los alumnos de ahora son distintos: Son los retoños de la sociedad de la información, la cultura de masas, los efectos especiales, el zapping con mando a distancia, la bollería industrial y la wii. Están acostumbrados a los estímulos constantes en tres dimensiones, y para enseñarles a leer y a concentrarse, la tiza y la pizarra resultan herramientas pueriles; Viéndonos a nosotros mismos como nuevos David frente a un Goliat multimedia de dimensiones épicas, hemos de pensar muy bien cual queremos que sea nuestra modesta honda, o si preferimos escoger nuevas armas.
Es normal que, en estas circunstancias, gestionar un aula resulte complejo. El deseo de saber es innato a la condición humana, pero la decisión de aprender algo depende de cada uno de nosotros. Para que esta decisión se produzca hemos de sentir la necesidad de hacerlo y percibir las ventajas que este aprendizaje nos va a aportar, a múltiples niveles. De otro modo el esfuerzo que aprender implica hará que la voluntad de los alumnos se sustente en unas bases muy frágiles, que pueden favorecer cambios momentáneos (una mayor motivación a primeras horas de la mañana, o justo antes de las notas de final de trimestre…) pero difícilmente implicarán que entiendan el sentido de avanzar por una senda que ven como impuesta.
El profesor, por sí solo, no puede crear las condiciones óptimas para que la motivación del alumnado se produzca, especialmente en el caso de la secundaria. Los currículos, por un lado, asumen que este interés existe, y son mucho más extensos de lo que debieran, si queremos aplicarlos a alumnado sin interés. Por otro lado, aun asumiendo que el profesorado sí pueda contagiar su amor por el saber, y por su materia, los valores que la familia y la sociedad transmiten no siempre convergen con los transmitidos desde los centros.

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